En duermevela

No se hizo caso.
Adolecemos de falta de comprensión acerca de la auténtica naturaleza de la maldad humana, pues en tanto se siga pensando que obedece a la irracionalidad y que se mueve en el terreno de lo incoherente no aprenderemos nada sobre ella. Cierto es que el ejercicio de la maldad puede ser repentino, vehemente e impulsivo, pero en su fondo subyace un sistema perfectamente lógico y bien trabado.
Es probable que no exista una manifestación de conducta más perfecta y elaborada y todo intento por rebajar su peso en el comportamiento humano tiene el inconveniente de la debilidad de las armas que se le contraponen. Schopenhauer concluía que somos una especie de condición tan desafortunada que incluso teniendo satisfechas todas las necesidades optaríamos por matarnos debido a puro tedio y no hay más que echar un vistazo en derredor para confirmarlo.
1. Para preservar la integridad de las verdades de fe y costumbres, los pastores de la Iglesia tienen el deber y el derecho de velar para que ni los escritos ni la utilización de los medios de comunicación social dañen la fe y las costumbres de los fieles cristianos; asimismo, de exigir que los fieles sometan a su juicio los escritos que vayan a publicar y tengan relación con la fe o las costumbres; y también de reprobar los escritos nocivos para la rectitud de la fe o para las buenas costumbres.
2. El deber y el derecho de que se trata en el apdo. 1 corresponden a los Obispos, tanto individualmente como reunidos en concilios particulares o Conferencias Episcopales, respecto a los fieles que se les encomiendan; y a la autoridad suprema de la Iglesia respecto a todo el pueblo de Dios.
1. A no ser que se establezca otra cosa, el Ordinario local cuya licencia o aprobación hay que solicitar según los cánones de este título para editar libros, es el Ordinario local propio del autor o el Ordinario del lugar donde se editan los libros.
2. Lo que en este título se estableca sobre los libros, se ha de aplicar a cualesquiera escritos destinados a divulgarse públicamente, a no ser que conste otra cosa.
1. Sin causa justa y razonable, no escriban nada los fieles en periódicos, folletos o revistas que de modo manifiesto suelen atacar a la religión católica o a las buenas costumbres; los clérigos y los miembros de institutos religiosos sólo pueden hacerlo con licencia del Ordinario del lugar.
2. Compete a las Conferencias Episcopales dar normas acerca de los requisitos necesarios para que clérigos o miembros de institutos religiosos tomen parte en emisiones de radio o de televisión en las que se trate de cuestiones referentes a la doctrina católica o a las costumbres.
Los miembros de institutos religiosos necesitan también licencia de su Superior mayor, conforme a la norma de las constituciones, para publicar escritos que se refieren a cuestiones de religión o de costumbres."


Yo entonces me despedía hasta la próxima, pensando en aquel número de teléfono que no era el suyo.
Como en "Sobre héroes y tumbas" se dijo mejor que en cualquiera otra parte:
" La señorita González Iturrat estalló:
—¡Con gente como usted el mundo nunca habría ido adelante!
—¿Y de dónde deduce usted que ha ido adelante?
Sonrió con desprecio.
—Claro. Llegar a Nueva York en veinte horas no es un progreso.
—No veo la ventaja de llegar pronto a Nueva York. Cuanto más se tarda, mejor. Además, yo creí que usted se refería al progreso espiritual.
—A todo, señor. Lo del avión no es un azar: es el símbolo del adelanto general. Incluso los valores éticos. No me va usted a decir que la humanidad no tiene una moral superior a la de la sociedad esclavista.
—Ah, usted prefiere los esclavos con sueldo.
—Es fácil ser cínico. Pero cualquier persona de buena fe sabe que el mundo conoce hoy valores morales que eran desconocidos en la antigüedad.
—Sí, comprendo. Landrú viajando en ferrocarril es superior a Diógenes viajando en trirreme.
—Usted elige a propósito ejemplos grotescos. Pero es evidente.
—Un jefe de Buchenwald es superior a un jefe de galeras. Es mejor matar a 109 bichos humanos con bombas Napalm que con arcos y flechas. La bomba de Hiroshima es más benéfica que la batalla de Poitiers. Es más progresista torturar con picana eléctrica que con ratas, a la china.
—Todos ésos son sofismas, porque son hechos aislados. La humanidad superará también esas barbaridades. Y la ignorancia tendrá que ceder en toda la línea, al final, a la ciencia y al conocimiento.
—Actualmente, el espíritu religioso es más fuerte que en el siglo XIX — anoté con tranquila perversidad.
—El oscurantismo de todo género cederá al fin. Pero la marcha del progreso no puede ser sin pequeños retrocesos y zigzags. Usted mencionó hace un momento la teoría de la evolución: un ejemplo de lo que puede la ciencia contra toda clase de mito religioso.
—No veo los efectos devastadores de esa teoría. ¿No acabamos de admitir que el espíritu religioso ha repuntado?
—Por otros motivos. Pero liquidó definitivamente muchas paparruchadas, como eso de la creación en seis días.
—Señorita: si Dios es omnipotente, ¿qué le cuesta crear el mundo en seis días y distribuir algunos esqueletos de megaterios por ahí para poner a prueba la fe o la estupidez de los hombres?
—¡Vamos! No me va a pretender que dice en serio semejante sofisma. Además, hace un momento estaba elogiando al genio que descubrió la teoría de la evolución. Y ahora la toma en broma.
—No la tomo en broma. Digo, simplemente, que no prueba la inexistencia de Dios ni refuta la creación del mundo en seis días.
—Si por usted fuera no habría ni escuelas. Si no me equivoco, usted debe ser partidario del analfabetismo.
—Alemania en 1933 era uno de los pueblos más alfabetizados del mundo. Si la gente no supiera leer, al menos no podría ser idiotizada día a día por los diarios y revistas. Desgraciadamente, aunque fuesen analfabetos todavía quedarían otras maravillas del progreso: la radio, la televisión. Habría que extirpar los tímpanos a los chicos y sacarles los ojos. Pero éste sería ya un programa más dificultoso.
—A pesar de los sofismas, siempre la luz prevalecerá sobre la oscuridad, y el bien sobre el mal. El mal es ignorancia.
—Hasta ahora, señorita, el mal siempre ha prevalecido sobre el bien.
—Otro sofisma. ¿De dónde saca semejante barbaridad?
—Yo no saco nada, señorita: es la tranquila comprobación de la historia. Abra usted la historia de Oncken por cualquier página y no encontrará más que guerras, degüellos, conspiraciones, torturas, golpes de estado e inquisiciones. Además, si prevalece siempre el bien ¿por qué hay que predicarlo? Si por su naturaleza el hombre no estuviera inclinado a hacer el mal ¿por qué se lo proscribe, se lo estigmatiza, etc.? Fíjese: las religiones más altas predican el bien. Más todavía: dictan mandamientos, que exigen no fornicar, no matar, no robar. Hay que mandarlo. Y el poder del mal es tan grande y retorcido que se utiliza hasta para recomendar el bien: si no hacemos tal y tal cosa nos amenazan con el infierno.
—Entonces —gritó la señorita González Iturrat— según usted hay que predicar el mal.
—Yo no he dicho eso, señorita. Lo que pasa es que usted se ha excitado mucho y ya no me escucha. El mal no hay que predicarlo: viene solo.
—Pero ¿qué quiere probar?
—No se exalte, señorita. No olvide que usted sostiene la superioridad del bien, y veo que con gusto me cortaría en pedazos. Quería decirle, sencillamente, que no hay tal progreso espiritual. Y hasta habría que examinar el famoso progreso material.

Una mueca deformó los bigotes de la educadora.
—Ah, me va a demostrar ahora que el hombre de hoy vive peor que el romano.
—Depende. No creo, por ejemplo, que un pobre diablo que trabaja ocho horas diarias en una fundición, bajo control electrónico, sea más feliz que un pastor griego. En Estados Unidos, paraíso de la mecanización, los dos tercios de la población son neuróticos.
—Me gustaría saber si usted viajaría en diligencia en lugar de hacerlo en ferrocarril.
—Por supuesto. El viaje en coche era más hermoso y más tranquilo. Y mejor todavía cuando se andaba a caballo se tomaba aire y sol, se contemplaba apaciblemente el paisaje. Los apóstoles de la máquina nos dijeron que cada día daría al hombre más tiempo para el ocio. La verdad es que el hombre tiene cada día menos tiempo, cada día anda más enloquecido."
No me queda otro remedio que estar en primera línea de combate en un contexto general de conflicto de intereses. Unas veces intentando mediar y conciliar y en otras con el único recurso de decidir que se ha de imponer una solución u otra. En la larga década que llevo haciéndolo apenas he podido topar con un puñado de ejemplos de honestidad o incluso de grandeza. pues el resto obedece únicamente a tres de los impulsos básicos de la conducta humana: obtener más dinero, alcanzar alguna mínima cuota de poder, para disfrutarlo mejor cuando más mezquinamente se ejerza, y también lograr que quien se tiene enfrente acabe por estar debajo para poder pisotearlo a gusto, defendiendo la anarquía para uno mismo y la dictadura para los demás.
Mal asunto, creo yo, cuando comienzas a empatizar e incluso a simpatizar con tu psiquiatra. Hace unos días salí de su consulta con la perturbadora sensación de que se trata de un buen tipo que se ve obligado a escuchar mis delirios cada cierto tiempo, encajándolos con buen ánimo y aguante, siendo incluso capaz de proporcionar bienintencionados consejos.
Con todo imagino que debe de ser bastante frustrante para él, en lo profesional y puede que incluso en lo personal, topar con una barrera de desidia, pereza mental, desánimo y profundo escepticismo. Todo ello hace que cualquiera de los desafíos propuestos a lo largo de varios años se haya convertido en un a sucesión de fracasos, y lo peor de todo, desde su punto de vista, es que no llegue a concebirlos como tales, puesto que sólo fracasa quien se propone un objetivo y no lo alcanza y yo no he logrado siquiera interiorizar una meta para perseguirla.
Dentro de unas semanas se estrenará la película "The children of men", basada en un relato de P.D. James. De modo sinóptico la historia aborda la situación en el futuro cercano de una raza humana que ha perdido por completo la capacidad de procrear, no nacen niños desde hace años; sin embargo y sin nadie esperarlo surge la excepcionalidad de una mujer embarazada.
¿Escenario de pesadilla? Yo no lo consideraría así, con la excepción quizás de ese niño por nacer, que es más amenaza que otra cosa. A la vista de lo que hay parece más tranquilizador el panorama de una humanidad que se extingue que el de otra que continúa.
Existe una curiosa corriente denominada V.H.E.M.T. ( en inglés, Movimiento para la Extinción Voluntaria de la Humanidad) que cuenta con mi más franca simpatía. Invito a la adhesión, siquiera moral, a él.
De todos modos la vida es causa última del ciento por ciento de los fallecimientos.
http://www.freewebs.com/vehemente/index.htm
Alguna de la gente feliz que conozco acude a los mítines políticos de su partido y aplaude con entusiasmo cada vez que escucha lo que desea oír, puede que incluso sin darse cuenta de haber visto la discreta señal con la que debe arrancar a hacerlo.
También cierta gente feliz sonrie satisfecha cuando encuentra el artículo de opinión en el que encuentra apoyo a lo que dice creer gracias a alguna pluma autorizada, porque así acaba de recibir una dosis de seguridad adicional y casi gratuita.
La gente feliz es bienamada por su banco, porque tiene proyectos. Y como es necesario financiarlos antes practicaba la virtud del ahorro y ahora se embarca en una incluso superior, sobre todo para el banco, que es endeudarse.
Sé de esa gente feliz que decide tener hijos o incluso los tiene porque está decidido que así ha de ser. Y lo hacen porque son generosos y entregados, que puede que lo sean, aunque al final acaso acaben reconociendo que en parte lo hacen porque así tendrán quien los cuide cuando lleguen a ancianos.
Podría citar tres o cuatro ejemplos de felicidad absoluta consistentes en deslomarse cada día para ascender peldaños de lo que llaman bienestar, pero prefiero no abordarlos.
Yo no soy mejor que ellos, desde luego, pero nunca me empeño en decir que conozco la felicidad porque no sería cierto, no dispongo apenas de noción sobre ese asunto en carne propia y creo que tampoco me preocupa demasiado averiguarlo.
Hay barruntos de otoño. Aún queda casi un mes de verano pero comienza ya a sentirse el aire de esa época. Ojalá pueda pronto ver las calles vacías y empapadas y caminar por playas batidas por las olas. Ser adicto a una continua depresión de nivel bajo obliga casi a sentir la necesidad por estas cosas. Se acerca pues el momento de ir recordando las músicas que son necesarias para ese tiempo y de hacer acopio de ellas.
Cuando se es así resulta sencillo obtener esas recompensas que concede la tristeza. Puede bastar con aparcar frente al mar y disfrutar como acompañamiento del repiqueteo de la lluvia cayendo sobre el techo del coche. En el fondo la soledad, a pesar de las abultadas facturas que periódicamente pasa, puede que resulte exigente pero no cruel.
Steve Reich.- "Music for eighteen musicians".
Brian Eno.- "Music for airports".
Arvö Part.- "Requiem in memory of Benjamin Britten".
Durutti Column.- "Requiem again".
Sergei Rachmaninov.- "Concierto para piano y orquesta nº2".
De todas cuantas cojeras mentales he experimentado o tenido noticia la más invalidante, cruel e imposible de combatir es el miedo. No hablo del que es puntual y concreto, de aquello que nos atenaza en un momento dado e impide el movimiento. Me refiero a aquel otro que se convierte en lastre continuo y no necesita del sobresalto para hacerse presente y disminuirnos. El temor enquistado y latente es el peor y hace no ya que cada paso se haga más penoso sino que llega a impedir casi toda acción. Notar ese miedo o presentir que de manera inevitable va a llegar es el modo de más eficaz de estar sin ser y hace que el deseo de esconderse y permanecer ajeno a los acontecimientos pueda más que cualquier otro impulso.
Durante unos años sujetos a otro género de oscuridad llegué a pensar que estaba sometido al "karma" de la zanja. Recién concluido un muy mediocre paso por las aulas universitarias, sin expectativas ni mediatas ni inmediatas de obtener un trabajo digno, me quedaba alelado ante las zanjas de la calle, viéndome ante el panorama de pasar el resto de mis días a salto de mata, paleando tierra en las obras para poder sobrevivir.
Pasado un tiempo el azar ha llevado a que devenga en burocratilla más o menos bien remunerado pero la realidad es tozuda y, en efecto, mi autoprofecía sobre la zanja ha cobrado realidad de un modo mucho más refinado en su crueldad. Sobrellevo una existencia que gira en torno a un simple eje: levantarme cada mañana para rellenar como buenamente pueda sucesivos vacíos de veinticuatro horas.
Sentir nostalgia por la melancolía es una peculiar forma de rizar el rizo. Quizás por eso en ocasiones visito lugares que me hacen daño. Acudo a ellos en una especie de reflejo pauloviano, sabiendo que ejercen una peculiar forma de devastación interior, que dejan sentimiento y memoria como un campo arrasado por la guerra. He aprendido a no escandalizarme con el uso de esta especie de perversos placeres, sobre todo porque su regusto es más duradero que el de cualesquiera otros que haya conocido.
Algunos encabezan un proceso público contra un escritor que admite haber servido durante la Segunda Guerra Mundial para el régimen nazi. Parece ser que el hecho de que quien se alistó fuese un muchacho de quince años es secundario, como parece serlo también que tal adolescente, como todos los de su generación, se había pasado desde el año 1933 recibiendo información machacona y sesgada para ser moldeado conforme a los deseos de ese régimen. Tampoco parece importar que en el año 1944 tanto ese chico como miles parecidos a él veían las tropas de dos bloques que habían sido objeto de su odio bien manipulado a las puertas de su patria, la cual les habían enseñado que era sagrada. Que se admita ese pasado con rubor y ejerciendo una dura autocrítica es también poca cosa.
Siempre existe confusión interesada en estos casos. ¿Reprocharíamos que un chico ruso de similar edad hubiese aceptado con entusiasmo su reclutamiento en junio de 1941? Sin duda no, pero en el fondo ello supondría también alinearse con otro régimen tan brutal y salvaje como el nazi, por mucho que Rusia fuese la agredida en ese caso. Tampoco se criticará seguramente a quienes hayan cometido tropelías, incluso ya dotados de un criterio más maduro, en cualquier rincón del mundo bajo el beneficio de cualquier causa bien bendecida pero, claro, hay que distinguir entre clases y existen quienes han adquirido la condición de santones y quienes no.
¿Es preferible lo que tenemos ahora? Hace no tanto el terror nuclear estaba perfectamente enquistado en nuestros esquemas mentales, día a día. Parece que lo hemos olvidado, pero dos superpotencias y un puñado de otras de menor rango se habían lanzado a armarse de modo desaforado y por completo irracional y, cosa curiosa, esos arsenales siguen ahí, probablemente con menores controles internos en muchos casos que los que entonces se aplicaban, y es como si no existieran. Aquel era un terror más democrático, nos igualaba a todos; suponía la pesadilla de un colapso de tal magnitud que no había espacio para pensar en ser superviviente.
Sin embargo ahora el miedo se administra de otro modo, en dosis homeopáticas me decía alguien hace unas horas y con muy buen tino. A esta amenaza se puede sobrevivir, incluso se la puede vencer de modo definitivo de saber alistarse con los buenos. Habrá sacrificios, inevitables desde luego, todos juntos pasaremos momentos difíciles pero al final llegará la ansiada seguridad. Este modo de hacernos convivir con el miedo es más sabio, probablemente provisto de poso científico, pues cabe la salvación y únicamente unos pocos, proporcionalmente, respecto de la masa serán moneda de cambio. Un terror relativo, cotidiano y de dimensiones abarcables funciona con mayor eficacia que las imágenes del apocalipsis absoluto y saber que se dispone de oportunidades de escapar a él es suficiente para plegarse a casi cualquier demanda. Es preferible saber de la propia finitud sabiendo que se puede hacer un par de fintas y ganarle tiempo al azar que verse ante algo que todo lo abarca.
Cada cierto tiempo hay recuento de bajas, pues sin recato alguno se habla de una guerra abierta. Las cifras, a pesar de lo espantoso de algunos de los episodios que componen esta historia, son moderadas y únicamente quienes se han visto tocados por la amenaza la aprecian a otra escala. Y sin embargo ni uno ni otro bando quiere darse cuenta de que compartimos la miseria de ser nada más que hombres.
Hace unos días creí ver por la calle a mi antiguo camello. Nunca me ha dado por las llamadas "sustancias prohibidas", pero como ignoro el fundamento del criterio para prohibir unas y que el Estado se lucre libremente con otras prefiero no distinguirlas. El individuo en cuestión era propietario de un bar de copas y acabé frecuentando a ambos por circunstancias que no vienen al caso. Recuerdo que aquel negocio era sumamente próspero y mi amigo, pues acabamos por serlo en parte gracias a sus muchas invitaciones, en una de tantas noches de exceso se ocupó de contarme con todo detalle el milagro de los panes y los peces que sustentaba el sector, multiplicando por quince o veinte el precio original de cada botella y, la verdad,nunca dejó de maravillarme el complejo conjunto de cambalaches y componendas que rodea el mundillo nocturno.
En aquel entonces estas cuestiones no me inquietaban, pero ahora no dejo de preguntarme por cuántos puntos de cociente intelectual acabé perdiendo merced a litros y litros de brebajes de composición incierta procedentes de aquellas botellas, muchas de las cuales sin duda habían recompuesto sus precintos una y otra vez, como parece que se hace en lugares donde la virginidad de las mujeres aún cotiza alto de cara al desposorio.
Ahora supongo que me he vuelto más escrupuloso o que soy más consciente de mis limitaciones físicas y mentales para asimilar tóxicos. Sin embargo debo admitir que me asaltó una cierta oleada de nostalgia envuelta en vapores etílicos y recordé que por aquel entonces quería hacer de epígono de Mathew Modine en "Blackout", infame película de Abel Ferrara, cuando literalmente se duchaba en alcohol, por dentro y por fuera, bebiendo a través de una cortina.
Dado que es preciso alimentar del modo que sea la maquinaria puesta en marcha hace cosa de dos décadas, ahora algunas entidades bancarias se descuelgan con la genial medida de las hipotecas por plazo de cincuenta años. Es preciso facilitar que camine a toda marcha la supuesta locomotora de la economía, pese a que ésta, igual que en la película de los Hermanos Marx, necesite devorar los vagones que arrastra para andar.
Parece ser que se empiezan a escuchar ciertas voces que reclaman cautela, cuando no otras que vaticinan una debacle sin precedentes, pero la mayoría sigue apuntada al discurso de la "prosperidad". Desde luego es un curioso modo de entender la mejora de las condiciones de vida cuando, a este paso, la siguiente generación puede ser la primera que herede deudas en lugar de patrimonio, con lo que ello puede suponer de factor desestabilizador.
La conducta irresponsable de una parte significativa de los políticos, el empresariado y la banca, alentando sin descanso un mercado manipulado, artificial y de crecimiento desbocado a costa de impedir el asentamiento de una economía moderna y saneada, sólo merece el calificativo de socialmente criminal; sin embargo nadie se planteará ni podrá exigirles responsabilidades porque una buena parte de la culpa la tiene la masa de compradores que se ha lanzado como borregos a endeudarse hasta el cuello con primeras, segundas o terceras hipotecas, practicando además el discurso farisaico de clamar contra el incremento de los precios en tanto se frotaban las manos esperando sus plusvalías, bien engolosinados por el discurso económico dominante equivalente a decir "tonto el último".
Por otro lado, los atentados ambientales que se han venido cometiendo a causa del ritmo de crecimiento en la construcción de viviendas los estarán pagando generaciones de españoles, y de varias formas: parajes degradados, ocupaciones masivas de terrenos que bien pudieran haber recibido otras utilidades, empleo desaforado de materias primas, despilfarro energético, infraestructuras innecesarias o mal diseñadas y, para colmo, el "legado" de una arquitectura en su mayor parte deleznable, en especial porque los arquitectos bien poco han podido decir al hacerla, dejando bien claro todo ello para el futuro cuál fue el nivel cultural y la altura de miras de esta época.
Probablemente dentro de no muchos años estemos lamentando los inmensos recursos que ha devorado el sector de la promoción inmobiliaria, detrayendo inversión de otros que, a la larga, hubieran consolidado la economía y la hubiesen hecho más ágil. Pocos que dispusieran de recursos, y merecerían un aplauso por ello, se han planteado la alternativa de encauzar su renta o de solicitar crédito para adquirir bienes de equipo, mejorar procesos o promover la investigación. El recurso fácil estaba ahí y sólo la denominada captación de terrenos y el desarrollo de buenos contactos garantizaban recibir ganancias a manos llenas.
Lo triste del caso es que, una vez más, aquellos que partieron de situaciones de ventaja las mantendrán o incrementarán y que quienes se endeudaron por las promesas de ese nuevo capitalismo popular estarán atados por las hipotecas hasta más allá de su jubilación. A finales de los noventa se nos contaba la pamplina del crecimiento ilimitado y de la nueva economía basada en Internet, las nuevas tecnologías y los rendimientos bursátiles ¿alguien lo recuerda?
http://www.euroresidentes.com/libros/empresa/stiglitz_felices_90.htm