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Ucronías

Tal vez era fracaso


 

Ocupé una mesa apartada, hacia el fondo. Tenía que matar el tiempo sin remedio en una de esas horribles cafeterías de centro comercial. Gracias a un libro conseguí parapetarme respecto del lugar, la gente y el ruido y así mantuve la concentración durante largo rato. Me sacó de ella una niña pequeña, que me lanzó un "hola" al que respondí disimulando lo mejor que pude mi desgana por hacerlo; el saludo del segundo niño, su hermano, lo emití sin embargo con una mayor naturalidad, no exenta de cierta simpatía. Ambos chiquillos vestían ropa deportiva barata, probablemente heredada de cualquier otro y su aseo no era el más esmerado. Corrieron después hacia una mesa en la que un hombre sesentón y de aire cansado era abrazado por una muchacha apenas adolescente, y lo hacía con un cariño y una devoción inmensos, animándolo sin pronunciar una palabra. Me pregunté por las razones de la ausencia de una madre en aquella escena, por qué había un gesto abatido en aquel hombre, por lo que había motivado la entrega espontánea y absoluta de aquella muchacha de aspecto descuidado y rebelde.

 

¿Y cómo?¿Y para qué? ¿Y hasta cuándo? ¿Y a costa de qué?

El Sr. Presidente se dedica a los augurios optimistas y parece agradarle estar rodeado de una permanente nube de incienso.

Vamos a seguir creciendo, imagino que hasta el punto en que se nos rompan las costuras de la ropa y no tengamos posibilidad de comprar otra nueva.

Creceremos y creceremos, seremos los más dinámicos, osados y emprendedores, ¿de qué modo?:

.- Consumiendo a manos llenas el ahorro extranjero, especialmente el alemán, que llega sobre todo en forma de crédito e inversión en valores. Acordémonos de cuando se marchó de repente, como por ensalmo, a comienzos de los noventa para financiar la reconstrucción de la extinta Alemania Democrática.

.- Depredando sin desmayo recursos de todo tipo o deteriorándolos irremediablemente.

.- Convirtiendo el consumo privado en una caldera a punto de estallar y sentando las bases para el desbordamiento del margen de endeudamiento de las familias, puesto que la capacidad de ahorro casi se ha agotado.

.- Como consecuencia en buena medida de ello, incrementamos nuestro exorbitante déficit comercial: se importa de todo porque existe un afán por comprar de todo; se exporta poco porque no merece hacer la pena el esfuerzo de ganar mercados, ya que el interno absorbe la mayor parte de la producción.

.- Quejándonos de sufrir los primeros coletazos de deslocalización al tiempo que la mayor parte de la inversión española se marcha hacia otros mercados.

Al final, más de lo mismo, unos empiezan la fiesta y otros la continúan, no hay diferencias de fuste entre los que han estado, los que están y los que vendrán después.

Regreso

Un autobús atravesando la nada en mitad de la noche, cansancio, sueños que uno intenta descabezar sin mucha fortuna y he seguido dándole vueltas a la sensación de haber fracasado, pese a no verme urgido en este momento al éxito. No he sido capaz de afrontar con la brillantez y claridad que esperaba una entrevista de trabajo, se supone que para obtener un trabajo mejor que el actual.

Esa situación erizó esta tarde mi sensibilidad hacia lo que iba encontrando por el mundo agitado y real, fuera de unas oficinas funcionales, asépticas y cerradas sobre sí mismas en las que acababa de estar: ancianos que arrastraban los piés y puede que las secuelas de una vida que va concluyendo, mendigos, vendedores ambulantes que no logran vender nada, gentes soportando trabajos agotadores y mal remunerados viéndose obligadas a servir y sonreir a cretinos como yo mismo, ... En definitiva, el terror a verme necesitado en algún momento de un pobre triunfo personal en lugar de haber hecho un ensayo a priori inofensivo.

Creo que siempre he detestado las ciudades por su característica de condensar, casi sin transición, opulencia y miseria.

Y trincones

 El viejo método de la cámara oculta sigue resultando efectivo para el periodismo de investigación. Cabe hoy día grabar una conversación sin que lo advierta el confiado interlocutor en casi cualquier circunstancia.

 Un programa de una emisora autonómica madrileña decide hacer una prospección por el mercadeo que se genera a cuenta de la vivienda de promoción pública: pisos que se escrituran en 200.000-250.000 euros y por los que se exigen otros tantos o más "en negro por supuesto", "en B", dicen los más finos; caraduras engominados que se ofrecen a "untar a alguien" para lograr un piso presuntamente reservado a funcionarios autonómicos; conversaciones a pié de obra o en la vivienda, contando entre risas cómo el promotor dispone de pisos que le han sido adjudicados, no se sabe cómo, para vender a triple precio que el permitido por el módulo, ...

 La vivienda protegida en este país sufre de vicios de raíz que no parece haber intención de corregir:

 .- Los procedimientos de acceso a la VPO simple y llanamente priman la picaresca y la opacidad en los ingresos declarados.

 .- ¿Cómo puede existir la figura de la descalificación como vivienda protegida al cabo de diez o quince años? La vivienda promovida con ventajas públicas debería mantener siempre su vinculación al precio protegido. No se puede permitir en modo alguno que nadie especule con una propiedad que le ha sido generosamente subvencionada por el resto de la sociedad.

 .- Más aun: Un método para cortar de raíz tal especulación, contra la que de poco valen los sistemas de inspección, debería estar en no promover ni una sola vivienda protegida más en régimen de propiedad y reconducir todo el sistema al alquiler en lo sucesivo; terminado éste la vivienda vuelve a disposición del ente público que la haya promovido para reintegrarla al mercado de arrendamiento. Para los casos de promoción privada protegida se debería establecer un sistema paralelo de destino obligado al alquiler.

 En tanto no se acometa una reforma radical de esta modalidad de vivienda seguiremos sufriendo de esta picaresca infame y que tantos perjuicios y distorsiones causa, además de estar enriqueciendo descaradamente a individuos a quienes se les debería caer la cara de vergüenza.

¡Canallas!

Siguen clamando algunos gurús del pelotazo inmobiliario porque se liberalice todo el suelo, para que se pueda construir sin más allá donde se desee, con excepción de los lugares expresamente protegidos (y que se protejan cuantos menos mejor, claro). Todo so pretexto de "abaratar el suelo" para "abaratar la vivienda", ja, ja, ja.

Desmontemos el argumento en dos patadas: si el suelo tiene un determinado precio se debe a que es un factor más de un proceso, el de la construcción, y está caro, aunque menos caro de lo que nos quieren hacer creer, porque el producto final tiene hoy por hoy una elevada demanda, artificial e hinchada, pero alta al fin y al cabo. Nunca se han construido más viviendas que ahora y jamás han estado más caras y se han encarecido con mayor rapidez, todo debido a una inconsciente alegría compradora. Por lo tanto, no hay más que echar un vistazo a las transacciones de suelo, los terrenos donde no cabe construir han quedado excluidos de la fiebre alcista y sus valores son comparativamente poco más que testimoniales. Punto.

De ningún modo se puede tolerar, ni desde el punto de vista de la racionalidad económica y social ni bajo una perspectiva moral, que las instituciones pongan medios para que una caterva de sinvergüenzas y trincones disfrazados de emprendedores vean abaratado uno de los factores de su proceso de producción a costa de todos nosotros e incrementen su beneficio de por sí escandaloso. Basta de mentiras.

"Sábado".- Ian Mc Ewan

"Henry se coloca debajo de la ducha, una cascada potente bombeada desde el tercer piso. Cuando esta civilización se derrumbe, cuando los romanos, sean quienes sean esta vez, se hayan marchado por fin y empiece la nueva era de las tinieblas, esto será uno de los primeros lujos que perdamos. Los viejos acuclillados junto a las hogueras de turba hablarán a sus incrédulos nietos de que en mitad del invierno se ponían desnundos bajo chorros de agua caliente y limpia, les hablarán de pastillas de jabón perfumadas, de ámbar viscoso y líquidos bermellón con que se frotaban el pelo para dejarlo reluciente y más voluminoso de lo que era en realidad, y de gruesas toallas tan grandes como togas, extendidas sobre rejillas calientes".

Para los descendientes de Henry, puede que para el mismo Henry, se vaticina un apocalipsis parcial: se dará un derrumbe pero aún quedará ocasión para invocar la memoria de lo que se disfrutó. Sin embargo y por oposición a ese contexto lejano, aún sin materializar, Henry va asistiendo a acontecimientos que rompen su cotidianeidad y lo ponen al pié del abismo.

Se despierta en mitad de la madrugada y ve un avión en llamas sobre su ciudad, Londres, y piensa en lo que pasó a miles de kilómetros año y pico atrás; sin embargo se engaña, un temor conjurado. Después una discusión de tráfico, un incidente en principio banal, comienza a desencadenar la pesadilla en la que su pequeño mundo, repleto de satisfactorias seguridades, queda al borde del colapso y para defenderlo fracasan las estrategias sutiles del hombre civilizado y el sentido de clan juega todo a una carta en un arranque de violencia que resulta exitoso.

Como en "Amor perdurable" la enfermedad juega un papel esencial en la trama y condiciona los actos de los personajes, tanto de los que la sufren directamente como de los que no. El hombre enfermo se convierte en la anomalía, es el elemento perturbador, irracional e inquietante.

Lo cotidiano se ve convulsionado, la firmeza de la rutina se agrieta. Hay una amenaza que se hace dueña de la situación.

 

Siempre más de lo mismo

¿Política? Una reiterada, aburrida y teatral dedicación a criticar con acritud en otros lo que uno mismo sabe que ha hecho, está haciendo o hará en igual situación.

 


 

Variedad

« Comment voulez-vous gouverner un pays où il existe 365 variétés de fromage ? ».- Charles de Gaulle

Pobre hombre, qué poca capacidad de aguante. De seguir vivo y gobernando tendría que dar una vuelta por aquí para aprender sobre el desbarajuste que puede organizarse con menos de la mitad de variedades de queso.

Claudio Magris

Magris tiene miedo. Tenerlo puede ser consecuencia de cierta lucidez ante la posibilidad de que unas esperanzas puedan truncarse. Probablemente quienes sientan temor sean los que aún esperan "algo", y al respecto de esto sin duda andamos por diferentes vías, nunca convergentes.

No experimentar miedo por la suerte de esta civilización ha venido siento fruto inicial de la razón: no existen fundamentos para la esperanza. Ahora se añade a ello el sentimiento, pues no inquieta la pérdida, sin duda total y puede que no lejana en el tiempo, de lo que no se considera que valga la pena ser apreciado.

 

 

Conjugación verbal

 Hasta hace poco me preguntaba por qué no puedo ser de otro modo. 

 Ahora empiezo a preguntarme por qué no pude serlo. 

Los hijos de los hombres

¿A algunos les parecería tan terrible la perspectiva, o la realidad, de una raza humana que se extingue por esterilidad? Personalmente no movería un dedo por evitarlo.

 


 

Tormenta

Z. decide cierto día marchar a pasar algunos días hasta un pueblo de la costas atlántica que elige al azar. Emprende un viaje que inicia en un tren moderno y confortable, que luego cambia por otro ya bastante más desvencijado y después por un autobús trasteado para concluir ruta, bastante cansado y algo mareado por el traqueteo de los últimos kilómetros por una carretera no muy digna de ese nombre.

Se instala en un alojamiento austero aunque confortable. Deshace el equipaje y se pone algunas ropas viejas y ya bien adaptadas a su cuerpo, además de un calzado confortable, e inicia una primera exploración del lugar.

Lo recibe una llovizna fina y persistente. Pasea contemplando el brillo del empedrado, la negrura rezumante de los muros poblados de hiedra, los muchos recovecos umbríos, una luz trémola de farolas rielando tras la cortina de fina lluvia. Al final de una calle en pendiente está el muelle, pequeño, oscuro, silencioso, aromático de salitre; adivina allí la masa inmóvil de los pesqueros varados en la balsa. A pesar del tiempo desapacible todo el lugar posee una fuerza pintoresca que lo hace amable.

Deja transcurrir los primeros días allí sin más actividad que el paseo, ciertas lecturas, algún escarceo no muy fructífero con aparejos y cañas o el simple reposo. Cada día, al acabar la cena, remata la jornada con un vistazo rápido al diario y se deja vencer por un sopor grato. Sin embargo una noche opta por curiosear el ambiente de una taberna no lejana que ha visto en alguna ocasión de pasada.

Llega ante una puerta baja y angosta, con ventanucos en su fachada. Al entrar se topa con un contenido bullicio de conversaciones y el golpeteo cadencioso de los vasos o de las fichas de dominó sobre las mesas de mármol. No despierta apenas la atención de nadie y los parroquianos continúan con su pauta habitual. Al cabo de un rato traba conversación casi casual con un vecino de mesa y comienzan a charlar de algo tan trivial como el tiempo. Al cabo de un rato el lugareño menciona que se aproxima un período de tormentas y en un momento dado alguien cercano que parecía atento a la conversación menciona la posible llegada de una tormenta del Norte, tras lo cual se hace un repentino silencio y el tema parece agotarse.

Al cabo de un rato, cuando comienza casi todo el mundo a marcharse, Z. No puede evitar preguntar acerca de algo que le llama la atención, pues cree percibir que la mención a esa tormenta tiene algo de embarazoso. Su interlocutor le responde al principio con alguna evasiva, se limita a señalar que a la gente de mar le preocupa el mal tiempo. Insiste en el tema y pregunta directamente si puede existir alguna inquietud especial ante una tormenta del Norte sin obtener ninguna respuesta directa.

Cuando se retira a descansar, ya en la calle, un hombre que sin duda había escuchado algo lo aborda y se ofrece a acompañarlo un rato y sin necesidad de ninguna pregunta comienza un apresurado monólogo acerca de una creencia, bien asentada entre las gentes de la zona, que habla sobre una turbulencia atmosférica, una tormenta especialmente virulenta, desgajada de las que suelen azotar las costas de Irlanda y que casi con exactitud cronométrica viene a estrellarse con la costa. Z. Se muestra curioso pero no impresionado e indaga sobre su carácter terrible, a lo que el desconocido le contesta que lo es, pero no por su fuerza, que no es poca, sino por su naturaleza extraña, por el sentido maléfico que le atribuye la tradición, pues nunca debe uno mirar de cara hacia ella, y si lo hace, en algún momento que no se espera, el resplandor de un rayo permite vislumbrar el rostro del mal, de modo que quien lo ve pierde la razón sin remedio. Z. reacciona con escepticismo, aunque no deja de preguntar sobre el cuándo y cómo del fenómeno y tras una retahíla de preguntas consigue saber que siempre se produce por esa misma época del año, al atardecer o en plena noche.

Decide aguardar unos días en el pueblo y asistir a aquello, pudiendo percibir que se va generando un ambiente de tensión larvada. Mientras se prepara con sus trastos de fotografía y hace algunas cábalas sobre el origen de la superstición: acaso algún temporal especialmente virulento de hace siglos dejase esa huella de temor reverencial, tan reverencial o tan lleno de simple cautela quizás como el que le hace proveerse de un espejo.

La espera no dura demasiado. Un atardecer la dominante Oeste de los últimos días gira con violencia a Norte y comprende llegado el momento. Nadie lo ve entonces acudir al atardecer hacia un promontorio cercano sobre el mar. Allí asegura bien el trípode de su cámara y fija con solidez el espejo al suelo; se sienta de cara a él y cubierto con un capote de hule, dando la espalda a la mar y al temporal, se queda inmóvil. Deja listo el disparador automático y durante un largo rato ve una y otra vez cómo los destellos azulados de los relámpagos sobre un mar convulso se reflejan en el azogue mientras aguanta del modo que puede el azote del viento.

En un momento, casi sin transición, como si alguien hubiese accionado un interruptor, el temporal cesa y Z. se retira hacia su alojamiento para improvisar un estudio de revelado en el aseo. Allí las imágenes se van manifestando poco a poco en la cubeta. En todas aprecia lo imponente del vendaval, con desgarrones de luz pura recortándose sobre un cielo azul intenso, revelando el perfil complejo de las nubes. Todas las fotografías son hermosas, en especial ésa que lo tiene hipnotizado desde que ha ido precisando sus detalles por la acción del ácido. Es en la que se ve, sobre un mar convulso, cómo un rayo desvela los volúmenes, sombras y contrastes de una nube que compone su propio rostro.

 

 

Cuestión de tiempo.

Se cruzan cada mañana durante unos segundos en iguales lugar y hora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

y cada uno, sin que lo sepa el otro, se pregunta a veces cuándo dejará de ocurrir.

Sobre la ingenuidad de pensar que todos somos tan ingenuos

 

"Recibió el anciano a los dos extranjeros en un sofá de plumas de picaflor y les ofreció varios licores en vasos de diamante; luego satisfizo su curiosidad en estos términos:

-Yo tengo ciento sesenta y dos años, y mi difunto padre, caballerizo del rey, me contó las asombrosas revoluciones del Perú que él había presenciado. El reino donde estamos es la antigua patria de los Incas, que cometieron el disparate de abandonarla por ir a sojuzgar parte del mundo, y que al fin fueron destruidos por los españoles. Más prudentes fueron los príncipes de su familia que permanecieron en su patria y por consentimiento de la nación dispusieron que no saliera nunca ningún habitante de nuestro pequeño reino, por lo cual se ha mantenido intacta nuestra inocencia y felicidad. Los españoles han tenido una confusa idea de este país, que han llamado El Dorado , y un inglés, el caballero Raleigh, llegó aquí hace unos cien años; pero como estamos rodeados de peñascos inabordables y de precipicios, siempre hemos vivido exentos de la rapacidad de los europeos, que aman con furor inconcebible los pedruscos y el lodo de nuestra tierra y que, para apoderarse de ellos hubieran acabado con todos nosotros sin dejar uno vivo.".- "Cándido. El ingenuo", Voltaire.

Nueva porfía en la retórica habitual: Ahora toca un manifiesto de sentido escándalo, buenas intenciones y preocupación por un futuro mejor. Mucha sonrisa beatífica y, ... ¡a cambiar el mundo! Los tiburones, arribistas y sinvergüenzas intelectuales que dieron pié a la reforma de 1998, so pretexto de que a más liberalización siempre mejor (¿mejor, para quién?), no son ni peores ni mejores que estos santurrones del puño en alto embutidos en traje a medida.

Por alguna razón el olor del incienso es más denso, pegajoso e irritante cuando el aire sopla desde la izquierda.

Imágenes. Música.

 Pasas ante ciudades iluminadas en las que no te detienes. No llegarás a recordar si dormiste en aquel hotel de carretera. Un viaje hacia no se sabe dónde en una noche de oscuridad densa. Verás que la chica de aire lánguido camina alejándose sobre un desierto de sal y se disuelve en la nada. Un bosque todavía arde.

 Está el sabor de lo agridulce: ocasiones perdidas sin saber de ellas, la incertidumbre de ese alguien a quien se pudo conocer, la paradoja de añorar lo no vivido.

 


 

Jugando, jugando...

Ni siquiera habrá ocasión para las caras tristes, como niños a quienes se les ha roto el juguete .
 
 O tal vez ya no tenga mucho sentido y se quede corta la expresión "malos tiempos" y haya que empezar a utilizar "los peores tiempos" .

Despertar

Cada mañana vivo un naufragio en el tazón del desayuno.


Sobre la dignidad

Fracasa quien tiene metas. Pierde quien luchó, acaso mereciendo la victoria.

Puede que haya más dignidad en el fracaso y en la derrota que en cualquier otra situación. Shackleton, por ejemplo, se eleva hasta la cima cuando persevera en su fracaso. Una y otra vez intenta conseguir sus objetivos y nunca los alcanza, se queda a las puertas o incluso más lejos pero él persiste y se encorajina. La muerte lo detiene en seco cuando se considera preparado de nuevo para una tentativa más, a pesar de sus años, incluso con su ya precaria salud, y pasa a consolidar su leyenda, a la altura o incluso por encima de quienes ganaron la carrera hacia el Polo.

¿Hay algún reproche que pueda hacerse a quien conoce fracaso y derrota, una y otra vez? Ahora tal vez no haya lugar para los que quedan atras. Se escucha la sandez acerca de que el segundo es el primero de los perdedores y el público ríe la gracia, la corea, se apunta a la ambición del liderato y busca compartir algo de él formando parte esa tropa rasa que disfruta idolatrando. Sin embargo el ganador es siempre lejano y altivo, no hay sino egoísmo y algo de afán exhibicionista de sus trofeos; es de diferente pasta al fracasado y al perdedor auténticos, que conocen el camino de la discreta retirada y buscan el silencio.

Ojalá hubiese aprendido alguna vez a fracasar y a perder, porque tampoco he conocido jamás lo que es ganar. Siempre he estado fuera, ajeno a la lid, sin fuerzas ni deseos y limitándome a recoger de cuando en cuando alguna migaja de tiempo y los restos de cualquier oportunidad que caían de donde está la lucha, el lugar en el que se forja, emplea y a veces hasta se agota el coraje.

 


Un deseo

Al pedir que me fuese concedido todo cuanto pudiera soñar.

 


 

No recordé mi insomnio.

Metamorfosis

Llegó a hacerse enemigo del mundo, sin darse tregua. Incluso en la intimidad era incapaz ya de disimular su bien arraigado rencor. Tenía amantes esporádicas, cada más espaciadas, cada vez hallándose más distante de ellas. Las follaba con abierta hostilidad, tanta que comenzó a pensar que su semen acabaría por ser negro y viscoso como la pez y capaz únicamente de engendrar monstruos.