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Ucronías

Tormenta

Z. decide cierto día marchar a pasar algunos días hasta un pueblo de la costas atlántica que elige al azar. Emprende un viaje que inicia en un tren moderno y confortable, que luego cambia por otro ya bastante más desvencijado y después por un autobús trasteado para concluir ruta, bastante cansado y algo mareado por el traqueteo de los últimos kilómetros por una carretera no muy digna de ese nombre.

Se instala en un alojamiento austero aunque confortable. Deshace el equipaje y se pone algunas ropas viejas y ya bien adaptadas a su cuerpo, además de un calzado confortable, e inicia una primera exploración del lugar.

Lo recibe una llovizna fina y persistente. Pasea contemplando el brillo del empedrado, la negrura rezumante de los muros poblados de hiedra, los muchos recovecos umbríos, una luz trémola de farolas rielando tras la cortina de fina lluvia. Al final de una calle en pendiente está el muelle, pequeño, oscuro, silencioso, aromático de salitre; adivina allí la masa inmóvil de los pesqueros varados en la balsa. A pesar del tiempo desapacible todo el lugar posee una fuerza pintoresca que lo hace amable.

Deja transcurrir los primeros días allí sin más actividad que el paseo, ciertas lecturas, algún escarceo no muy fructífero con aparejos y cañas o el simple reposo. Cada día, al acabar la cena, remata la jornada con un vistazo rápido al diario y se deja vencer por un sopor grato. Sin embargo una noche opta por curiosear el ambiente de una taberna no lejana que ha visto en alguna ocasión de pasada.

Llega ante una puerta baja y angosta, con ventanucos en su fachada. Al entrar se topa con un contenido bullicio de conversaciones y el golpeteo cadencioso de los vasos o de las fichas de dominó sobre las mesas de mármol. No despierta apenas la atención de nadie y los parroquianos continúan con su pauta habitual. Al cabo de un rato traba conversación casi casual con un vecino de mesa y comienzan a charlar de algo tan trivial como el tiempo. Al cabo de un rato el lugareño menciona que se aproxima un período de tormentas y en un momento dado alguien cercano que parecía atento a la conversación menciona la posible llegada de una tormenta del Norte, tras lo cual se hace un repentino silencio y el tema parece agotarse.

Al cabo de un rato, cuando comienza casi todo el mundo a marcharse, Z. No puede evitar preguntar acerca de algo que le llama la atención, pues cree percibir que la mención a esa tormenta tiene algo de embarazoso. Su interlocutor le responde al principio con alguna evasiva, se limita a señalar que a la gente de mar le preocupa el mal tiempo. Insiste en el tema y pregunta directamente si puede existir alguna inquietud especial ante una tormenta del Norte sin obtener ninguna respuesta directa.

Cuando se retira a descansar, ya en la calle, un hombre que sin duda había escuchado algo lo aborda y se ofrece a acompañarlo un rato y sin necesidad de ninguna pregunta comienza un apresurado monólogo acerca de una creencia, bien asentada entre las gentes de la zona, que habla sobre una turbulencia atmosférica, una tormenta especialmente virulenta, desgajada de las que suelen azotar las costas de Irlanda y que casi con exactitud cronométrica viene a estrellarse con la costa. Z. Se muestra curioso pero no impresionado e indaga sobre su carácter terrible, a lo que el desconocido le contesta que lo es, pero no por su fuerza, que no es poca, sino por su naturaleza extraña, por el sentido maléfico que le atribuye la tradición, pues nunca debe uno mirar de cara hacia ella, y si lo hace, en algún momento que no se espera, el resplandor de un rayo permite vislumbrar el rostro del mal, de modo que quien lo ve pierde la razón sin remedio. Z. reacciona con escepticismo, aunque no deja de preguntar sobre el cuándo y cómo del fenómeno y tras una retahíla de preguntas consigue saber que siempre se produce por esa misma época del año, al atardecer o en plena noche.

Decide aguardar unos días en el pueblo y asistir a aquello, pudiendo percibir que se va generando un ambiente de tensión larvada. Mientras se prepara con sus trastos de fotografía y hace algunas cábalas sobre el origen de la superstición: acaso algún temporal especialmente virulento de hace siglos dejase esa huella de temor reverencial, tan reverencial o tan lleno de simple cautela quizás como el que le hace proveerse de un espejo.

La espera no dura demasiado. Un atardecer la dominante Oeste de los últimos días gira con violencia a Norte y comprende llegado el momento. Nadie lo ve entonces acudir al atardecer hacia un promontorio cercano sobre el mar. Allí asegura bien el trípode de su cámara y fija con solidez el espejo al suelo; se sienta de cara a él y cubierto con un capote de hule, dando la espalda a la mar y al temporal, se queda inmóvil. Deja listo el disparador automático y durante un largo rato ve una y otra vez cómo los destellos azulados de los relámpagos sobre un mar convulso se reflejan en el azogue mientras aguanta del modo que puede el azote del viento.

En un momento, casi sin transición, como si alguien hubiese accionado un interruptor, el temporal cesa y Z. se retira hacia su alojamiento para improvisar un estudio de revelado en el aseo. Allí las imágenes se van manifestando poco a poco en la cubeta. En todas aprecia lo imponente del vendaval, con desgarrones de luz pura recortándose sobre un cielo azul intenso, revelando el perfil complejo de las nubes. Todas las fotografías son hermosas, en especial ésa que lo tiene hipnotizado desde que ha ido precisando sus detalles por la acción del ácido. Es en la que se ve, sobre un mar convulso, cómo un rayo desvela los volúmenes, sombras y contrastes de una nube que compone su propio rostro.

 

 

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