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Ucronías

A veces logro sorprenderme

Tras unos escasos meses me doy cuenta de que la única mujer a la que he guardado fidelidad sin fisuras es una prostituta.
Un día decido armarme de valor, telefoneo a un móvil, concierto una cita y me presento en un piso discreto. A ese encuentro han ido siguiendo otros, más o menos espaciados, sin marcar más pauta que la de la apetencia. No es ni fea ni guapa, ni vulgar ni sofisticada; en términos monetarios supongo que ni cara ni barata porque no estoy al tanto de otras tarifas, aunque sí puedo afirmar que resulta bastante rentable y que tener su compañía esporádicamente y sin obligación alguna me resulta agradable.

Y es ahora, tras este tiempo, cuando me percato del hecho de haberme librado del conflicto inherente a ser fiel y que tanto desgaste de energías alguna vez me supuso. No existe esa ingrata noción de seguir una conducta contraria al instinto. No se dan las ganas de revancha por sentirse atado. No tengo el impulso de campar por ahí a la búsqueda de alternativa.
Pagar por sexo de un modo diferente al que lo he hecho en otras ocasiones puede que acarree algún tributo pesado más adelante, pero no me preocupa porque por el momento me ha dado alas.
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