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Megalomanías

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A Gallardón, pobre hombre, le han entendido mal el verdadero sentido de su gesto.

Él no ha querido ni mucho menos hacer desaparecer toda huella de su alter ego grafitero, ni mucho menos. Él ha preferido con ese gesto que el mural quede conservado para la posteridad, y así dentro de muchos siglos los arqueólogos harán cábalas acerca de quién era aquel desenfadado y pictórico personaje y puede que hasta surja la leyenda. Así el bueno de Gallardón se asegura una especie de Valle de los Caídos al que no afectará ninguna futura ley de amnesia histórica, pues la ubicación concreta del lugar será olvidada probablemente de aquí a poco y sólo quedará en conocimiento de unos pocos, como un arcano y a resguardo de todo tipo de ejércitos de salvación.

Sin embargo, dada la afición de los políticos a dejar cadáveres por los armarios y donde les viene al pelo, a lo mejor conviene preguntarse un poco por la suerte de los grafiteros que inmortalizaron al personaje, no vaya a ser que, cual cortejo fúnebre de un faraón, de aquí a quién sabe cuándo aparezcan algunas momias alrededor del muro.

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