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Ucronías

Leguina entrevistado. Leguina señalado.

Cualquier persona que posea unos rudimentos de fisiología y cierto sentido común nos dirá que el dolor, o al menos cierto grado de dolor, es necesario para la supervivencia. Nos pone en relación con el mundo y permite reaccionar y corregir determinadas situaciones; en definitiva no deja de ser nuestro contacto más primario con la realidad.

Sin embargo también existen individuos que, movidos por una lógica infantil, quisieran vivir en un mundo sin fricciones, disfrutar de cierta suerte de utopía armónica y tibia en la que chapotear tan seguros y confortables como en la placenta que alguna vez los acogió.

Entre ese último género de individuos están, desde luego, aquellos políticos que se han lanzado a degüello contra Joaquín Leguina desde el momento en el que éste, concediendo una entrevista al diario ABC este último domingo, se ha atrevido a discrepar contra algunas de la verdades absolutas que guían la política del Gobierno. Cuando manifestar una opinión, por mucha disciplina de partido que deba existir, se percibe como un ataque a la ortodoxia que se debe erradicar algo grave está ocurriendo, máxime cuando se abordan en la entrevista cuestiones tan cruciales como la propia supervivencia del Estado o el modelo territorial.

La cita se da ahora con relación a Leguina por constituir el ejemplo más inmediato y llamativo, pero podría referirse a cualquier otro individuo medianamente lúcido que se apartase un tanto de las consignas establecidas por el partido que fuera. Si ya padecimos en su día el coro monocorde y autocomplaciente del "España va bien", ahora nos toca intentar no indigestarnos con las píldoras administradas por estos santurrones laicos que se conducen a la hora de dirigir este país como si administrasen su falansterio.

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